Obreros

Miércoles, 27 de Setiembre, 2017

Servir - Paciencia

Debemos vaciarnos de nosotros

 

De qué forma podemos practicar esta virtud y a quién debemos tener como ejemplo?

Incluso con situaciones difíciles, traumas, problemas y vicisitudes, cuando somos invitados y aceptamos tener un encuentro personal y verdadero con el Señor Jesús, todo nuestro pasado se transforma en experiencia y testimonio.

Mientras tanto, cuando Jesús aún acompañaba a Sus discípulos el equipaje interior de cada uno de ellos aún era visible, cuando aún no habían pasado por el bautismo con el Espíritu Santo. Siendo así, su visión aún no será espiritual, como podemos verificar en el versículo:

“Entonces llegó a Simón Pedro. Este le dijo: Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?

Jesús respondió, y le dijo: Ahora tú no comprendes lo que yo hago, pero lo entenderás después.” (Juan 13:6-7)

Observa la paciencia del Señor Jesús en comprender el tiempo de Pedro…

Habitualmente no revelamos este tipo de paciencia con las personas al nuestro alrededor. Procuramos que nos acepten, que nos entiendan, pero difícilmente nos colocamos en el lugar de alguien, sobretodo cuando pensamos que este no comparte la misma “visión espiritual” que nosotros.

A veces acusamos, criticamos, decimos: “Ella no quiere oír; ya lo dije más de mil veces; ya hablé, orienté… Es la persona que no quiere nada con nada…”

Observa que el Señor Jesús “se arriesgo”, invirtiendo en hombres que aún no habían nacido de Dios. Los enseñó, ¡viviendo en medio de ellos como el propio ejemplo de humildad y paciencia!

¿Y por qué? Porque Su intimidad con Dios Le hacía saber que, en el tiempo correcto el Padre haría que se multiplicase la palabra sembrada dentro de cada uno de ellos.

El Señor Jesús percibió que Pedro no había entendido Sus Palabras, pero aún así no lo acusó, no insistió, no le puso una carga que él no tendría condiciones de soportar.

En lugar de esto lo exhorto a la obediencia, sería la única cosa necesaria en aquel momento para permanecer en la misma unidad de espíritu.

E incluso con el “hijo de la perdición” – Judas – Jesús fue paciente, no apresurando su hora, pero dándole oportunidades continúas de arrepentimiento durante el tiempo en que estuvieron juntos.

Nuestra intolerancia y falta de paciencia con el prójimo, puede revelar un tipo de “arrogancia” espiritual que nos aparta del primordial objetivo para el cual Dios nos llamó; alcanzar almas. Y no podemos decir que el Señor Jesús era “diferente” una vez que Él Se hizo carne para sentir y enfrentar exactamente los mismos desafíos que nosotros.

Pero si hay un “detalle” que puede cambiar todo: ¡El Señor Jesús no miraba para Si mismo!

Él no esperaba recibir para dar;

Él no esperaba la comprensión para comprender;

Él ejercía “justicia” a favor del Reino de Dios, y no una justicia propia, basada en sentimientos;

Él no esperaba ser entendido para transmitir Verdad, pero sabía que el tiempo correcto de la revelación de Dios llegaría a través del bautismo con el Espíritu Santo.

Él tenía paciencia porque era paciente en la certeza del cumplimiento del plan de Dios para cada vida, empezando por la Suya.

Cuando procuramos entender a cada persona como nosotros mismos hemos sido entendidos por Dios, tenemos “parte con ella”, compartimos sus historias, y sólo así tenemos el privilegio de acceder a su “equipaje” con el fin de que seamos usados por Dios para ayudar. ¡No puedes recibir este “espacio” o tener este tipo de acceso, sino escoges dar de ti a los demás en primer lugar!

“Dad, y os será dado; (…). Porque con la medida con que midáis, se os volverá a medir. “(Lc.6:38)

Debemos vaciarnos de nosotros mismos a semejanza de lo que hizo el Señor Jesús, para que a través de nuestra entrega y del cuidado con nuestra propia alma – en primer lugar – podamos tener la oportunidad de alcanzar a muchos.

* Extraído del blog diario de la señora Viviane Freitas del día 18 de agosto  de 2017