Reflexión

Lunes, 13 de Agosto, 2018

Consejo para los sellados

El sabor del Espíritu Santo

 

Los celos, la envidia y la timidez son la ausencia de la sazón propia y amargan su sabor personal. Por eso, no sea una persona de presencia amarga.

Un consejo para los sellados con el Espíritu Santo: sea una persona sabrosa. Permítase ser una persona agradable, deje que las personas se deleiten de su compañía, permita que ellas sientan el aroma de su esencia. Ser una persona sabrosa no es tener su cuerpo deseado por las curvas o músculos que posee, sino tener la personalidad divina como punto fuerte de su existencia. Dele libre acceso al Señor Jesús para materializarse a través de usted y conversar, convivir, mirar a los ojos, acariciar, reprender, compartir, enseñar y amar incondicionalmente a las personas. Eso es ser un ser humano delicioso.

La materia prima de tal delicia es el Espíritu Santo. Solamente a través de Él podemos tener sabor, podemos ser alguien agradable, alguien que las personas literalmente, deseen la presencia, pues Él nos hace tener el famoso tacto. Él nos da equilibrio, nos da facilidad de pedir perdón y reconocer cuán molestos somos, a veces. Él es quien nos dice: “¡Basta con eso!”. El Espíritu Santo es quien nos orienta para abrazar a unos y apartarnos de otros, por más que eso nos cause dolor. Solamente Él trae el condimento en la cantidad correcta, que no sea salado ni tampoco insípido. ¡Todo lo que Él hace queda BIEN!

Pero, recuerde, todo esto es un proceso en el cual usted y yo debemos dejarlo trabajar a voluntad, sin más, sin mi manera, sin resistencia y sin excusas. Tal vez, está resistiendo la sazón del Espíritu Santo y, por eso, no se ha transformado en un ser humano agradable, es decir, en una persona deliciosa.

 

“Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:30-32).

En otras palabras… ¡sea agradable!

¿Quiere un consejo? Cédale todo su ser a Él, todo su yo, sea sumiso y acate lo que Él le aconseje. Actúe rápido, cada vez que Él revele algo, en fin… todo esto le dará cada vez más libertad al Espíritu Santo para sazonar su ser y esto hará que usted mire mañana hacia atrás y piense: “Dios mío, ¡cómo cambié!

¡Es eso! Decídase de una vez.

Por Bianca Carturani